2 abr. 2020

Días de borrasca [víspera de resplandores] (pt. 10)

Kill your idols (pt. 1)

Vaya, vaya... resulta que los héroes de nuestra sociedad no eran los futbolistas, ni las celebrities, ni los famosetes de tres al cuarto, youtubers o influencers diversos. ¿Quién lo iba a decir? Cosas que pasan en las pandemias, darnos cuenta como sociedad de quienes son realmente imprescindibles y salirles a aplaudir todos los días a las 20:00. De todo lo que nos pase en esta crisis espero que no olvidemos esto porque, literalmente, nos va la vida en ello. 

Pero hoy yo venía a hablar de influencers. Terreno pantanoso para aquí el menda porque, bueno, os resumo mi relación con el mundo del postureo de esta manera:

El abuelo Simpson sería yo, astuto lector. La nube, Dulceida que hoy le toca.

No es que el mundillo de los influencers me pueda gustar mas o menos es que, directamente, no me veo con derecho a opinar porque no son un producto destinado a mí. Soy un señor mayor (38 años en estos momentos) contemplando a personas con unas inquietudes y modos de vida que me parecen de otro planeta pero, eh, que no me tienen que parecer ni bien ni mal. Cada uno que elija a sus ídolos que yo ya tengo a los míos. Y creo firmemente en que generalizar siempre es malo y que hay de todo pastando (posando) por Instagram, pero pienso igualmente que este grupo de elegidos/deidades de la era del postureo tienen una responsabilidad de la que no son conscientes y que en escenarios apocalípticos, como en el que nos toca bailar ahora, quedan retratados como lo que son, sin filtros de unicornio que valgan. Vamos, que muchos de ellos son unos putos irresponsables que no tienen dos dedos de frente. Y eso los convierte en peligrosísimos.

Resulta que todo viene porque en esta casa seguimos con devoción a Mercrominah, excelente artista  y estelar instagramer. Habitualmente suele dar mucha cera a ese grupúsculo de energúmenos en su cuenta en lo que podemos calificar como una labor social (poca broma). Y desde que hemos empezado el confinamiento parece que le ha tocado hacer horas extra: que si una que se ha comprado un perro justo ahora para sacarlo a pasear (¡!), otra que si haciendo unboxings todo el día de pijadas que pide por Amazon (como si el mundo no estuviera ardiendo fuera), la que volvió a ser enfermera y a los dos días se contagió de Coronavirus... y a cobrar cheques del ¡Hola! con la exclusiva (esta da para un post entero).

Estos días estoy viendo de todo eso y mucho más, pero me quedo con el caso de Dulceida. Resulta que, tras la declaración del estado de alarma, el Ministerio de Sanidad contactó con la influencer por excelencia de nuestro pais para que enviará mensajes a sus seguidores relativos al confinamiento y a la necesidad de quedarse en casa. Bien, Sanidad, bien, y lo digo sin acritud. No van a contactar con Mundo Alocado para que se conciencien los cuatro sospechosos habituales que se dejan caer por aquí. La capacidad de alcance que tiene una Dulceida de la vida es poderosísima y contactar con ella es una manera excelente de hacer llegar un mensaje complicado a un target concreto. Pero, ay, la inconsciencia: al día siguiente (y al otro... no lo se porque lo haya estado mirando compulsivamente -bueno, sí-) la muchacha presumía en sus stories de fiestas en su casa a las que había invitado a amistades del barrio. Pasen y vean. Y den unos likes y suban las visitas de esta mamarracha. Quien sabe si el nuevo orden social que viene pondrá en su sitio a esta tropa y esto es su canto del cisne:


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