
Desde que se supo que
Michael Bay iba a tomar las riendas de la producción del nuevo reboot de las
Tortugas Ninja en imagen real, las alarmas dentro del aguerrido y fiel fandom de la franquicia (que, recordemos, este año celebra su
30 aniversario) saltaron por los aires. Es posible que un tal
Jonathan Liebesman figure como director en los créditos pero no nos llevemos a engaño: la película debe su razón de ser al particular libro de estilo del Sr.
Bay. Esto quiere decir que sus únicas señas de identidad son presentar un envoltorio lo más ruidoso y espectacular posible que encubre un contenido bastante intrascendente y (esto es lo peor) de una forma mucho más descafeinada que si se hubiera sentado el propio
Bay en la silla del director. Los propios trailers y promos no nos mostraban otra cosa que un subproducto prefabricado siguiendo dichos estándares y acompañado de una milimétrica maquinaría de promoción-polémica funcionando a todo gas. No en vano todas las noticias relativas a la producción de la película parecían diseñadas para acaparar titulares, desde los rumores del origen extraterrestre de las tortugas hasta esos diseños tan particulares con los que no he terminado de conectar en ningún momento. Si se hace un poco de memoria todo esto suena familiar porque es exactamente lo mismo que pasó con la primera película de la saga
Transformers aunque en ese caso el resultado final fuera bastante más notable que la película que nos ocupa.