HIPERCAPITALISMO en el Reino Champiñón. Quizá, y teniendo en cuenta el estado de las cosas, lo único que podemos esperar de un estreno como Super Mario Galaxy: La Película; un artefacto tan obscenamente revolcado en su propio fanservice como muerto por dentro. ¿Y es esto necesariamente malo? Pues creo que tampoco hay que llevarse las manos a la cabeza. Si el lore de los fontaneros ha caído en manos de gente como Illumination no van a servirnos arte y ensayo, las miras estarán más enfocadas al noble arte de hacer los dineros como objetivo existencial. Sorpresa para nadie. Y tampoco creo que eso sea la debacle-de-la-cultura-occidental-de-masas que profetizan algunos porque estemos ante el enésimo caso de película masacrada por la crítica (con razón) pero elevada a los altares por el fandom (con razón, también).
Lo mismo es que la película no era para tí, Nintendero viejuno de más de 10 años de edad que se ajusta las gafas de pasta actualizando su blog. Pero dejemos aparcado su análisis para otro día porque de lo que venía a hablar hoy es del puñetero palomitero de Yoshi: complemento elevado a la categoría de artefacto especulativo por obra y gracia de los mismos engranajes de los que se sirve, establece y perpetúa la obra principal.
Si has leído esta última frase del tirón, coge aire y te espero tras el salto.
Si vivís debajo de una piedra (explicadme cómo) y no os habéis enterado de lo de la
Crisis del cubo de palomitas de Yoshi os resumo: por 40€ de nada podías adquirir esta preciosidad:
Es monísimo. Te soplan 40 (repite conmigo: CU-A-REN-TA) putos eurazos por ese trozo de plasticazo pero, oiiiiii… ¿No es, acaso, una cucada? Shut up and take my money. El caso es que si querías uno pues, spoiler: no. Desde el minuto uno del conocimiento de su futura existencia ha hecho gala de sus etiquetas descriptivas, a saber: “unidades limitadas” y el manido “hasta agotar existencias”.
Y ya podéis intuir el resto. Sangre para tiburones. Ha sido carnaza de una especulación brutal y absoluta con el único objetivo existencial de (¡vaya!) el noble arte de hacer los dineros. Con la misma velocidad que los viajes interestelares de Mario & Company fue estrenarse la película y ya estaba en todo tipo de portales de reventa al doble o triple de su precio. Tengo testimonios sobre el terreno de avistamientos de comadrejas que se hicieron con tres de golpe y ni tan siquiera entraron a ver la película. Los engranajes, los engranajes…
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| Algunas entregas de Super Mario han servido de inspiración directa. |
Pero tampoco venía yo a hablar de la especulación. Tercer plot twist de este artículo, avispado lector. Y mira que me parece hasta de justicia poética que esto (que ha pasado en verdad mil veces antes) ocurra en una película tan infantil porque viene de perlas para explicar a un niño el mercado inmobiliario (por ejemplo). La condición humana bajo el yugo del sistema capitalista. Sí, a través de esto del cubo de palomitas de un dinosaurio verde. Sí, se que una de las dos cosas no es un bien de primera necesidad.
De lo que quería hablar realmente hoy es de FOMO. De ansiedad consumista. Veréis, puedo poner las capas de ironía que quiera a lo que estoy escribiendo pero, caretas fuera, no se me ocurre nadie que sea más público objetivo de cosas tipo el palomitero ese que yo. ¡Me pirran esas chorradas! ¡Es Yoshi, mirad que cuqui es, MIRADLO! Mi reacción natural a este tipo de promociones es querer hacerme con ellas a toda costa.
Salvo en esta ocasión. Y no entendía por qué. No ha sido, aunque me de vergüencita ponerlo por escrito, por lo que cuesta. Y se que tampoco ha sido por utilidad o necesidad REAL, conceptos que no aplican a este tipo de chorradas acumuladoras de polvo de las que tengo la casa llena. Pero mentiría si os digo que no echo en falta algo: tengo un vacío de lo más agradable dónde en otras ocasiones ha estado esa “pulsión” de consumir. Esta vez, como os digo, nada. Cero. Es que no me ha dado ni rabía lo de las comadrejas especuladoras. Que con su pan se lo coman.
Me ha costado entender este drama existencial tan (lo se, lo se) humans of late capitalism hasta que he hecho introspección investigando(me) para escribir todo esto. He retrocedido al momento inicial en el que tengo conocimiento de la existencia del palomitero. Fue una amiga que me envío un reel de Instagram. “Corre, corre, mira, mira. Se va a agotar enseguida” (en verdad dijo: “El palomitero en cuestión 😍” pero es mi adaptación de los hechos y la escribo como quiero). Y no pude acceder al enlace. No pude porque llevo como cerca de un mes sin Instagram tras un auto-ultimatum al darme cuenta, por enésima vez, del pozo sin fondo de horas con el que lo estaba alimentando. Y ya está, no ví el reel. Sin más. Que no ha sido cuestión tampoco de negar la existencia del objeto de deseo: su imagen me llegó por un millón de vías distintas y todas las cadenas de cines se encargaron de ponerme el caramelo directamente en los labios.
Pero creo sinceramente que el hecho de no haber estado expuesto 24x7 a la mortificación del algoritmo, a la visualización continua y constante del palomitero en la caída sin freno del doomscrolling, ha hecho que no germine el deseo.
Y es una tontería pero siento que me ha hecho ver los árboles que forman el bosque.
Ver que es un objeto supercaro, que no necesito.
Puede ser eso.
O puede ser también que el palomitero, por su disposición, por la forma en la que Yoshi nos invita a coger las palomitas, siempre me ha recordado a esta imagen:
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